-
- Texto completo PDF (26KB)
- Números en
línea
- Actual
- Anteriores
- Acerca de la
revista
- Información
básica
- Indizada
en
- Instrucciones
a los autores
- Editores
y Cuerpo Editorial
-
- © 2006
- Corporación Editora Médica del Valle
Universidad del Valle, Cali, Colombia, Telefax: (57-2) 558-1939
e-mail: colombiamedica@gmail.com colombiamedica@yahoo.com
|
Telómeros y Telomerasa: Breve recuento de una historia iniciada por Hermann Müller y Bárbara McClintock
Lilian Chuaire, M.Sc.*
* Profesora
Principal, Escuela Ciencias de la Salud, Universidad del Rosario,
Bogotá DC, Colombia. e-mail: lchuaire@urosario.edu.co
Recibido para publicación agosto 28,
2005 Aceptado para publicación
septiembre 8, 2006
RESUMEN
¿Cuál
es la naturaleza del reloj biológico que determina el
envejecimiento de las células? ¿De qué manera se
explica la génesis de las enfermedades asociadas con el
envejecimiento? Las anteriores son sólo algunas de las preguntas
cuya respuesta puede ser hallada en el marco del modus operandi de la
dupla telómeros-telomerasa, convertida en objeto de estudio para
un sinnúmero de hombres y mujeres de ciencia, desde los pioneros
Hermann Müller y Bárbara McClintock hasta los más
recientes Jack Szostak, Elizabeth Blackburn y Carol Greider, entre
otros.
Palabras clave: Relojes biológicos; Investigadores; Historia.
Telomere and Telomerase: Brief review of a history initiated by Hermann Müller and Barbara McClintock
SUMMARY
What is the nature
of the biological clock that determines the cells aging? What is the
way to explain the genesis of diseases associated in aging? The above
are only some of the questions whose answer could be found within the
modus operandi frame of the telomere-telomerase pair, which had become
in objective of study for a number of science men and women since the
pioneers Hermann Müller and Barbara McClintock, until the most
recent Jack Szostak, Elizabeth Blackburn and Carol Greider, among
others.
Keywords: Biological clocks; Research personnel; History.
Cuando en 1938, el
joven genetista norteamericano Hermann J. Müller trabajaba en el
Instituto de Genética Animal de Edimburgo (Reino Unido) con
moscas de la especie Drosophila melanogaster expuestas a rayos X, no
alcanzó a vislumbrar la trascendencia que más adelante
tendrían sus hallazgos en el campo de la biología
molecular y de la genética. Acababa de observar que en los
extremos de los cromosomas irradiados, a diferencia del resto del
genoma, no había cambios como deleciones o inversiones, gracias
a la presencia de un casquete protector que él mismo
inicialmente llamó «gen terminal» y después
«telómero», del griego «telos» (fin) y
«meros» (parte)1.
Dos
años más tarde, Bárbara McClintock, investigadora
de la Universidad de Missouri (Columbia, Missouri), que se dedicaba al
estudio de la genética del maíz (Zea mays),
describió cómo la ruptura de los cromosomas resultaba en
adhesión y fusión de sus extremos, con la consecuente
formación de cromosomas dicéntricos. Demostró que
a pesar del daño, los extremos se podían restaurar
gracias a la adquisición de nuevo telómero. Según
sus conclusiones, los telómeros jugaban un papel crucial en la
integridad de los cromosomas, pues prevenían la aparición
de ciclos de «ruptura-fusión-puente»,
catastróficos para la supervivencia celular2.
El
término «telómero» acuñado por
Müller tuvo en apariencia carácter premonitorio: aunque
todo apuntaba hacia un futuro inmediato promisorio, el escepticismo
predominante en la época hacia lo que tuviera relación
con el campo de la genética, hizo que la investigación
sobre la importancia de los extremos de los cromosomas en la
replicación y la integridad de la célula cesara
abruptamente. No se reanudó sino 30 años después
cuando comenzaron a ser develados los mecanismos subyacentes a la
replicación del ácido desoxirribonucleico (ADN), hecho
donde el trabajo de James Watson (el mismo que describió la
estructura doble helicoidal del ADN) revistió una singular
importancia. Él identificó el «problema de la
replicación terminal», consistente en la incapacidad de
las células para copiar por completo los extremos del ADN
linear. Postulaba Watson que, por las especiales
características en la síntesis de la cadena rezagada del
ácido nucleico, que hacen que la ADN polimerasa no pueda
replicar por completo su extremo 3’, los telómeros y por
tanto los cromosomas se acortaban. Propuso además la existencia
de un mecanismo de protección para prevenir el acortamiento
cromosómico3.
Por
la misma época, Alexsei Matveevich Olovnikov, un desconocido
científico ruso, halló el eslabón entre el
problema de la replicación terminal -enunciado por Watson- y la
senescencia celular, a su vez previamente descrita por Leonard
Hayflick. Según Hayflick y Moorhead4,
la senescencia correspondía a un estado de detención de
la proliferación, al que ingresaban las células
somáticas humanas con signos de alteraciones bioquímicas
y morfológicas como producto de haber sobrepasado su capacidad
límite de división.
Para
Olovnikov, el problema de la replicación terminal era la causa
del acortamiento progresivo de los telómeros, que a su vez,
actuaba como un reloj interno para determinar el número de
divisiones que la célula podía experimentar a lo largo de
su existencia y, por ende, para controlar el proceso de envejecimiento5,6.
El modelo propuesto demostró tener una impresionante exactitud;
en la actualidad se acepta no sólo que el acortamiento
telomérico es la principal causa de la senescencia celular, sino
que en realidad el reloj molecular cuenta el número de ciclos
que la célula puede soportar7.
Al
igual que James Watson, Aleksei Oloknikov pensaba que la célula
poseía una estrategia para mantener la longitud
telomérica durante la replicación normal del ADN. No
tardó mucho tiempo en descubrirse que esa estrategia
tenía nombre propio. Era la telomerasa, enzima transcriptasa
reversa, en cuyo descubrimiento jugó más tarde un papel
crucial Elizabeth Blackburn, investigadora oriunda de Tasmania.
Blackburn
y Joseph Gall, biólogo de la Universidad de Yale iniciaron en
1975 su trabajo con Tetrahymena thermophila, protozoo ciliado que, a
diferencia de otros organismos eucariotas, posee además de un
micronúcleo con los cromosomas normales, un macronúcleo
donde se encuentran cromosomas fragmentados en múltiples
segmentos pequeños de ADN con el mismo gen codificante para ARN
ribosomal. Fue entonces posible determinar la secuencia del ADNr
extracromosómico en cuyos extremos aparecieron múltiples
repeticiones del hexanucleótido CCCCAA, que también
se encontraron en el micronúcleo8. Sin
embargo, el hallazgo trajo consigo dudas: ¿se trataba acaso de
una rara propiedad de un gen extracromosómico en un organismo
ciliado que además no formaba parte de la línea evolutiva
principal eucariota? ¿o era quizá una auténtica
secuencia telomérica?
La
cuestión quedó sin resolverse hasta que Blackburn
decidió asociarse con Jack Szostak, biólogo molecular y
genetista de la Escuela de Medicina de Harvard, en unión
ciertamente venturosa que por último condujo al descubrimiento
de las secuencias teloméricas y de la enzima que las sintetiza.
El trabajo de Szostak, infructuoso hasta ese momento, consistía
en construir cromosomas artificiales que permitieran clonar grupos
grandes de genes humanos en una sola molécula linear de ADN de
levadura como vector. Los resultados fueron desalentadores, por cuanto
los cromosomas así generados eran inestables y no se replicaban,
debido quizá a la carencia de telómeros. Pero cuando
Szostak decidió probar si las secuencias repetitivas
descubiertas por Blackburn y Gall podrían actuar como
telómeros en su experimento con Saccharomyces cerevisiae, los
resultados fueron contundentes: los plásmidos lineares de la
levadura -ensamblados a partir del vector y de los extremos
teloméricos del ADNr de T. thermophila- se replicaron de manera
estable. Blackburn y Szostak concluyeron que si la levadura era capaz
de reconocer y utilizar tales extremos propios de un organismo tan
distante evolutivamente, este hecho constituía evidencia
razonable acerca de la alta conservación evolutiva de los
mecanismos de replicación de los telómeros. El hallazgo
estaba ligado a otro no menos importante: cuando mediante mapas de
restricción y ensayos de hibridización analizaron los
extremos del ADNr de T. thermophila, así como los fragmentos de
levadura que suponían podrían actuar como
telómeros, encontraron que las secuencias teloméricas
eran comunes a ambos organismos9,10. Por otra
parte, los plásmidos replicados tenían una mayor
longitud, explicable si se consideraba que la estrategia de las
células de levadura quizás consistía en
añadir nuevas secuencias repetitivas a los extremos de las
secuencias repetitivas de T. thermophila. Así, Blackburn y
Szostak sugirieron que la elongación de los telómeros se
debía a la actividad de una enzima desconocida que sintetizaba
telómero, después llamada telomerasa11.
Habían
creado pues Blackburn y Szostak no sólo el primer ensayo
funcional para telómeros del que se tenga noticia, sino
también sentado las bases para la ulterior construcción
de los primeros cromosomas artificiales de levadura, los famosos YACs12,
que se emplearon más adelante en el desarrollo del Proyecto
Genoma Humano, con el objeto de clonar segmentos grandes de ADN humano,
que se pudieran secuenciar posteriormente13,14.
Sin
contar aún con una explicación satisfactoria para aclarar
la verdadera razón por la que los plásmidos replicados en
su trabajo con Szostak tuvieron una mayor longitud, Elizabeth Blackburn
y su estudiante Carol Greider emprendieron años más tarde
en la Universidad de California el memorable trabajo que las
llevó a proponer la existencia de una actividad
enzimática a la que no dudaron en llamar «transferasa
telómero terminal», en realidad la misma telomerasa.
Utilizaron extractos de células de T. thermophila y primers o
cebadores sintéticos constituidos por secuencias
idénticas a las presentes en los telómeros de
células de levadura y de T. thermophila. Sus resultados
demostraron la síntesis de novo de las repeticiones en
tándem TTGGGG, que se añadían a los
oligonucleótidos iniciadores de la elongación, gracias a
la actividad de la nueva enzima por ellas descrita15.
Los resultados obtenidos por Blackburn y Greider15
marcaron un hito en la investigación de la biología de
los telómeros, pues dilucidaron la aparente contradicción
entre dos hechos comprobados de manera irrebatible: primero, el
acortamiento progresivo de los telómeros durante cada
división celular y segundo su replicación, proceso que
ocurre en forma independiente a la del resto del ADN
cromosómico. Mientras el ADN no telomérico utiliza para
su replicación la enzima ADN polimerasa, el ADN de los
telómeros se vale de un templete constituido por ARN que
adiciona nuevas repeticiones teloméricas. Éste forma
parte integral de la molécula de telomerasa y es en realidad el
molde sobre el que se genera la copia del telómero, en un
proceso denominado transcripción reversa. Además de la
subunidad ARN (TR), la telomerasa presenta una subunidad
catalítica (TERT). Ausente o poco expresada en las
células somáticas, la telomerasa se encuentra en las
células embrionarias, las germinativas (ovogonias y
espermatogonias), así como en la mayoría de las
células transformadas (líneas celulares inmortalizadas y
células cancerosas), donde contrarresta el problema de la
ausencia de replicación en los extremos teloméricos16,17.
En la
actualidad se acepta que la longitud de los telómeros y la
expresión de la enzima telomerasa varían
considerablemente con la edad y con el tipo celular, lo que ha
justificado su utilización como biomarcadores que permitan
evaluar la historia y el potencial replicativo en tejidos y en grupos
etáreos diferentes. Así, en la mayoría de
éstos, ha sido posible identificar un patrón aproximado
de dinámica telomérica y de expresión de
telomerasa. Al respecto, es interesante resaltar que en la
génesis de ciertas entidades como la enfermedad de Alzheimer, la
enfermedad coronaria y el cáncer, entre otras16-22,
juega un papel clave la diferencia entre la edad biológica
(predicha con base en la longitud telomérica) y la edad
cronológica. Por otra parte, la expresión de la
telomerasa se ha asociado mediante sólida evidencia, con la
oncogénesis y con la inmortalización celular, razones
poderosas que han servido para proponerla no sólo como elemento
diagnóstico sino además como blanco terapéutico en
el tratamiento del cáncer23.
En
las células normales, el acortamiento que sufren los
telómeros durante la división celular constituye un
mecanismo supresor tumoral que «obliga» a que las
células salgan del ciclo celular y entren en un estado
irreversible de senescencia24, donde cesan de
dividirse y finalmente mueren. No obstante, en el proceso de
transformación tumoral, la senescencia es también un
importante factor de riesgo25,26: existe
amplia evidencia que demuestra que puede ser eludida por célula
con telómeros cortos que han comenzado a expresar telomerasa. En
este caso, la célula «fugitiva» adquiere un nuevo
status, pues se transforma no sólo en maligna, sino
además en inmortal, gracias a la acción estabilizadora
que la enzima ejerce sobre los telómeros27.
Pero la senescencia no es sólo un estado de detención del
crecimiento celular: también implica cambios en la
expresión de ciertos genes y torna las células
resistentes a la apoptosis25,28. Esto explica
por qué las células senescentes pueden acumularse en los
tejidos y contribuir así tanto al proceso de envejecimiento,
como a la génesis de las enfermedades asociadas. Cuando esto
ocurre, se manifiestan alteraciones patológicas
hiperplásicas o premalignas, lo que favorece la teoría
que propone el desarrollo del cáncer como dependiente de la
edad, quizá debido a la suma de múltiples mutaciones29,30.
Así pues, la senescencia ejerce un efecto protector contra el
cáncer a edades tempranas mientras que, a mayores edades
promueve el fenotipo típico del envejecimiento25.
No
deja de sorprender que mecanismos supresores tumorales como el
acortamiento telomérico y por ende la senescencia, puedan
estimular el desarrollo del cáncer en las etapas tardías
de la vida. Esta aparente paradoja ha llevado en la última
década a que muchos hombres y mujeres de ciencia
escudriñen en el dúo telómeros-telomerasa, con el
fin de descubrir la hasta ahora oculta clave de la inmortalidad o bien,
de develar el secreto de la malignidad que tan celosamente guarda.
REFERENCIAS
1. Müller HJ. The remaking of chromosomes. Collecting Net 1938; 13: 181-198.
2. McClintock B. The stability of broken ends of chromosomes in Zea mays. Genetics 1941; 26: 234-282.
3. Watson JD. Origin of concatemeric T7 DNA. Nat New Biol 1972; 239: 197-201.
4. Hayflick L Moorhead PS. The serial cultivation of human diploid cell strains. Exp Cell Res 1961; 25: 585-621.
5. Olovnikov AM. Principle of marginotomy in template synthesis of polynucleotides. Dokl Akad Nauk SSSR 1971; 201: 1496-1499.
6. Olovnikov AM. A theory of marginotomy. The incomplete copying
of template margin in enzymic synthesis of polynucleotides and
biological significance of the phenomenon. J Theor Biol 1973; 41:
181-190.
7. Wright WE, Shay JW. Cellular senescence as a tumor-protection
mechanism: the essential role of counting. Curr Opin Genet Dev 2001;
11: 98-103. Full text
8. Yao MC, Blackburn E, Gall J. Tandemly repeated C-C-C-C-A-A
hexanucleotide of Tetrahymena rDNA is present elsewhere in the genome
and may be related to the alteration of the somatic genome. J Cell Biol
1981; 90: 515-520.
9. Szostak JW, Blackburn EH. Cloning yeast telomeres on linear plasmid vectors. Cell 1982; 29: 245-255.
10. Birmingham K. Elizabeth Blackburn. Nature Med 2001; 7: 520. Full text
11. Shampay J, Szostak JW, Blackburn EH. DNA sequences of telomeres maintained in yeast. Nature 1984; 310: 154-157.
12. Brown WRA. Molecular cloning of human telomeres in yeast. Nature 1989; 338: 774-776.
13. Venter JC, Adams MD, Myers EW, Li PW, Mural RJ, Sutton GG, et al.
The sequence of the human genome. Science 2001; 291: 1304-1351. Full text
14. Lander ES, Linton LM, Birren B, Nusbaum C, Zody MC, Baldwin J, et
al. Initial sequencing and analysis of the human genome. Nature 2001;
409: 860-921. Abstract
15. Greider CW, Blackburn EH. Identification of a specific telomere
terminal transferase activity in Tetrahymena extracts. Cell 1985; 43:
405-413.
16. Wai LK. Telomeres, telomerase and tumorigenesis. A review. MedGenMed 2004; 6: 19. Full text
17. Polychronopoulou S, Koutroumba P. Telomere length and telomerase
activity: variations with advancing age and potential role in childhood
malignancies. J Pediatr Hematol Oncol 2004; 26: 342-350. Abstract
18. Bischoff C, Petersen HC, Graakjaer J, Andersen-Ranberg K, Vaupel
JW, Bohr VA, Kølvraa S, et al. No association between telomere
length and survival among the elderly and oldest old. Epidemiology
2006, 17: 190-194. Abstract
19. Jenkins EC, Velinov MT, Ye L, Gu H, Li S, Jenkins Jr.EC, et al.
Telomere shortening in T lymphocytes of older individuals with Down
syndrome and dementia. Neurobiol Aging 2006; 27: 941-945. Abstract
20. Tristano A, Chollet ME, Willson ML, Adjounian H, Correa MF,
Borges A. Actividad de la telomerasa en leucocitos de sangre
periférica de pacientes con hipertensión arterial
esencial. Med Clin (Barc) 2003; 120: 365-369.
21. Brouilette S, Singh RK, Thompson JR, Goodall AH, Samani NJ. White
cell telomere length and risk of premature myocardial infarction.
Arterioscler Thromb Vasc Biol 2003; 23: 842-846. Abstract
22. Wu X, Amos CI, Zhu Y, Zhao W, Grossman BH, Shay JW, et al. Telomere
dysfunction: A potential cancer predisposition factor. J Natl Cancer
Inst 2003; 95: 1211-1218. Full text
23. Mu J, Wei LX. Telomere and telomerase in oncology. Cell Res 2002; 12: 1-7. Abstract
24. Dimri GP, Lee X, Basile G, Acosta M, Scott G, Roskelley C et al. A
biomarker that identifies senescent human cells in culture and in aging
skin in vitro. Proc Natl Acad Sci USA 1995; 92: 9363-9367. Abstract
25. Campisi J. Aging, tumor suppression and cancer: High-wire act!
Mech Ageing Dev 2005; 126: 51-58. Abstract
26. Wright WE, Shay JW. Cellular senescence as a tumor-protection
mechanism: the essential role of counting. Curr Opin Genet Dev 2001;
11: 98-103. Abstract
27. Blasco MA. Mammalian telomeres and telomerase: why they matter for cancer and aging. Eur J Cell Biol 2003; 82: 441-446. Abstract
28. Krtolica A, Campisi J. Cancer and aging: a model for the cancer
promoting effects of the aging stroma. Int J Biochem Cell Biol 2002;
34: 1401-1414. Abstract
29. Campisi J. Cancer and ageing: rival demons? Nature Rev Cancer 2003; 3: 339-349. Full text
30. Campisi J. Cellular senescence and apoptosis: how cellular
responses might influence ageing phenotypes. Exp Gerontol 2003; 38: 5-11. Abstract
|